El 27 de julio, el suministro de agua se vio interrumpido en al menos 300,000 hogares de Atlanta, Georgia, EE UU. Los grifos apenas dejaban salir un hilo de agua, y las autoridades recomendaron hervir el agua antes de consumirla debido al riesgo de contaminación. Este incidente, que generó pánico entre la población, no fue un simple fallo técnico. Todo apunta a que se originó desde un ordenador a 11,000 kilómetros de distancia, en Irán.
Pocos días después, en Minnesota, se reveló que hackers habían atacado más de 30 instalaciones de tratamiento de agua. Para el 1 de agosto, los ciberataques ya afectaban a siete estados, y para el 6 de agosto, al menos 12, incluyendo Oregón, Michigan y Nueva Jersey. Según The New York Times, hasta un centenar de instalaciones en todo el país fueron comprometidas, lo que puso en alerta a las autoridades locales.
El presidente Trump, quien ha declarado en varias ocasiones la victoria en la guerra contra Irán, negó inicialmente la implicación de Teherán en estos ataques. Sin embargo, el FBI y la Agencia de Ciber Defensa (CISA) confirmaron que los sistemas fueron hackeados, aunque sin nombrar responsables. A pesar de la dificultad de atribuir ciberataques, la teoría predominante es que Irán está detrás de esta crisis de agua en EE UU. Esta sospecha se refuerza por el historial de ataques a infraestructuras de agua por parte de grupos vinculados a Irán, como CyberAv3ngers, quienes ya habían intentado envenenar el agua en Israel en 2023.
Los ciberataques han aumentado desde el inicio de la guerra en marzo, con grupos como Imperial Kitten y MuddyWater muy activos. Según un informe de CyberProof, los ataques de denegación de servicio crecieron un 168% en el primer trimestre de este año respecto al mismo periodo de 2025. Esta escalada de incidentes subraya la vulnerabilidad de las infraestructuras críticas de una superpotencia como EE UU.