Hollywood lleva años obsesionado con una idea muy concreta: ¿qué ocurriría si una inteligencia artificial diseñada para satisfacer nuestras necesidades decidiera desarrollar las suyas propias? Necesidades que normalmente van encaminadas a exterminar a la humanidad. Desde antes de que la IA entrara en nuestras vidas ya veíamos películas en este sentido: Terminator y Blade Runner, ambas de principios de los 80, son buenos ejemplos de ello.
En 2022, M3GAN abordaba este tema, la película fue todo un éxito, lo que hizo que tuviera una secuela, M3GAN 2.0, que fue un auténtico fracaso en taquilla. De los 180 millones de dólares recaudados por la primera pasamos a unos paupérrimos 39 millones. Como suele ser habitual, la primera costó sólo 12 millones mientras que en la segunda la cifra ascendió hasta los 25 millones. Una vez más, más dinero no significa mayor calidad.
En paralelo a la secuela, su estudio estaba desarrollando un spin-off porque se las prometían muy felices con una nueva saga entre manos, Soulm8te. Sin embargo, el fracaso de la segunda entrega ha hecho que la película termine directamente en plataformas, en España en el catálogo de Disney+. Y aunque no es redonda, sí tiene elementos interesantes.
La premisa de Soulm8te era llamativa sobre el papel: convertir al robot asesino en una compañera sexual y recuperar, de paso, el espíritu del thriller erótico de los años 80 y 90. El problema es que la película llega cuando esa carretera ya está bastante transitada. La referencia a La acompañante resulta inevitable. Ambas parten de la relación entre un hombre y una compañera artificial y utilizan esa premisa para hablar de poder, deseo y sometimiento.
David (David Rysdahl) es un ingeniero de robótica que acaba de perder a su mujer y cuya empresa ha sido absorbida por un gigante tecnológico que pretende comercializar asistentes de inteligencia artificial. Asistentes para todo: limpiar, cocinar, charlar… y también si así lo desea el comprador, tener relaciones sexuales. A nuestro protagonista le ofrecen probar en casa uno de sus nuevos productos antes de que salgan a la venta para así corregir fallos.
De esta forma, David empieza a interactuar con Sara (Lily Sullivan), el androide creado para convertirse en la pareja perfecta y combatir la «epidemia» de la soledad. La apariencia de Sara no es la de un androide frío: rubia, atractiva e incapaz de decir que no. Al principio todo parece demasiado bueno para ser verdad. Sara escucha, comprende, obedece, desea y, sobre todo, está programada para amar a su propietario.
La premisa contiene una idea mucho más interesante que la propia película. David no quiere simplemente una máquina que le haga compañía; quiere una mujer perfecta, pero también suficientemente humana como para que la relación resulte auténtica. En otras palabras, quiere controlar incluso la espontaneidad. Por eso empieza a reprogramarla. Y cuando Sara comienza a desarrollar deseos, celos y voluntad propia, David descubre que quizá la perfección que buscaba tenía un inconveniente: no podía programar el libre albedrío.
Pero Soulm8te solo consigue aproximarse a la idea. El mayor problema del filme es que no sabe qué hacer con sus propias posibilidades. Quiere ser una sátira sobre la soledad masculina y la objetificación de las mujeres (el androide viene con vestido de verano, de discoteca y uniforme de colegiala), una reflexión sobre la inteligencia artificial, un thriller erótico a la antigua usanza y, al mismo tiempo, una película de terror con muertes sangrientas. Son cuatro películas diferentes peleándose por ocupar los mismos 99 minutos.
¿Qué sucede cuando alguien diseñado para complacernos adquiere deseos propios? ¿Es Sara el monstruo o lo es David, que la ha diseñado según sus necesidades? La película plantea esas preguntas, pero rara vez se atreve a perseguirlas hasta sus últimas consecuencias.
Lo mejor de Soulm8te es Lily Sullivan, que entiende que no tiene que interpretar a una mujer normal ni a una simple máquina. Hay algo artificial en cada gesto, en cada mirada y en cada movimiento, incluso cuando Sara intenta comportarse como un ser humano. Su interpretación adquiere además una dimensión inquietante cuando el personaje empieza a liberarse de las limitaciones de su programación, lo que consigue que resulte perturbadora incluso antes de convertirse en una máquina homicida.
Una femme fatale tecnológica en toda regla, una especie de Atracción fatal. Sin embargo, el homenaje funciona mejor como referencia estética que como auténtica reconstrucción del género. El thriller erótico necesita tensión, misterio y deseo. Y en este caso además terror. Soulm8te tiene los ingredientes, pero no siempre sabe cocinarlos. Salvo en una escena de la que diremos simplemente que los androides femeninos pueden modificar la anchura de su vagina robótica. Pueden imaginar el resultado.