La inteligencia artificial y la educomunicación: un desafío urgente para la sociedad

La inteligencia artificial ha venido para quedarse, ¿y la educomunicación?

En el año 2022, con cierta inocencia, preguntamos a ChatGPT sobre el futuro de la educomunicación. La respuesta fue prudente, casi académica: “Es un campo en constante evolución y es difícil predecir con certeza cómo será en el futuro”. Nos hablaba de realidades virtuales, de colaboraciones en línea, de aprendizajes más eficientes. Era la visión de un mundo donde las tecnologías digitales venían a ayudarnos, a facilitarnos el camino, a hacernos más productivos.

Cuatro años después, esa misma pregunta manifiesta que ese optimismo se ha desvanecido como el humo de una promesa incumplida. La inteligencia artificial generativa ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en el telón de fondo de nuestra existencia cotidiana. Ya no preguntamos si la IA va a cambiar nuestras vidas, sino cómo vamos a sobrevivir humanamente al cambio que ya está ocurriendo. Y en ese giro copernicano, la educomunicación, entendida como el campo que estudia y promueve la interrelación necesaria entre educación y comunicación para formar una ciudadanía crítica, participativa y autónoma, ha pasado de ser una corriente pedagógica para convertirse en una trinchera ética y política.

El primer error que cometimos fue confundir el uso con la comprensión. Durante años, los discursos oficiales, desde la UNESCO hasta de los ministerios de educación de muchos países, han promovido la alfabetización digital como la gran solución; “hay que enseñar a usar las herramientas”, repetían. Y lo hicimos. La juventud de hoy maneja aplicaciones como ChatGPT con la misma naturalidad con la que sus familiares adultos usaban el teléfono fijo o leían la prensa. Saben pedir prompts, ajustar parámetros, generar imágenes y textos; pero saber usar una herramienta no es lo mismo que entender su funcionamiento profundo.

Como señala un reciente informe de VML Intelligence (2026), el 71% de la ciudadanía cree que la IA hace casi imposible distinguir lo verdadero de lo falso, y el 81% considera que la verdad es un concepto en peligro de extinción. La gente usa las tecnologías digitales, pero no comprende sus implicaciones: quién diseña los algoritmos, con qué datos se entrenan, qué sesgos incorporan, qué intereses económicos los mueven, etc. La educomunicación, por tanto, no puede limitarse a enseñar a usar herramientas, sino que debe apostar por una alfabetización mediática algorítmica que desvele el funcionamiento interno de los sistemas que nos gobiernan.

Vivimos inmersos en lo que algunos autores como Umberto Eco o Jean Baudrillard denominaban “hiperrealidad”: un entorno donde lo sintético y lo auténtico se confunden hasta ser indistinguibles. Los deepfakes ya no son experimentos de laboratorio; son moneda corriente en campañas políticas, en estafas financieras, en campañas de desprestigio. La vieja alfabetización mediática se queda corta. Ya no basta con preguntar “¿esto es cierto?”. Hay que preguntar “¿esto ha sido generado por un humano o por una máquina?”, “¿con qué fin?”, “¿qué datos lo sustentan?”, “¿quién se beneficia de que yo crea esto?”.

The New York Times, en su podcast The Opinions (2026), planteaba con la participación de Cottom, Keegin y Spiegelman que la dificultad para distinguir lo real de lo sintético no es un fallo individual ni una cuestión de falta de alfabetización, sino la consecuencia lógica de un ecosistema mediático diseñado para priorizar la velocidad y la viralidad sobre la verificación. Aquí la educomunicación adquiere una dimensión nueva: no se trata solo de enseñar a detectar bulos, sino de reconstruir el vínculo entre verdad y realidad en un mundo donde la verdad se ha vuelto líquida.

Otro de los aspectos más inquietantes de la irrupción de la IA es que no ha creado nuevas brechas, sino que ha profundizado las existentes. El artículo Magníficos, publicado en El País por Juan Pardo (2026), lo expresaba con claridad: “Son los segmentos socioeconómicos de mayores ingresos quienes declaran mayor confianza en la IA, mayor alfabetización mediática y mayor disposición a consumir noticias asistidas por tecnología”. La “humanidad” que defendemos en los debates abstractos tiene un precio de acceso que no todos pueden pagar. Los algoritmos se alimentan de datos históricos llenos de sesgos y no hacen sino automatizar y escalar la discriminación.

Si la educomunicación no incorpora esta dimensión, estará condenada a reproducir las mismas desigualdades que dice combatir. A esto se suma el coste humano de vivir en un entorno de hipervigilancia cognitiva: la ansiedad digital, la fatiga informativa, el doomscrolling compulsivo, etc. La educomunicación del futuro debe enseñar también a desconectar, a gestionar la atención, a buscar el silencio, a recuperar la mente y el cuerpo como espacios de resistencia frente a la dictadura de la inmediatez.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/participacion/red-lectores/20260906/11627011/inteligencia-artificial-venido-quedarse-educomunicacion.html

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